Desde que comencé el fanzine quería escribir algo sobre la influencia de la banda Sentimiento Muerto (SM) en el punk venezolano. La malahora ha hecho de que este texto coincida con el décimo aniversario de la muerte de Cayayo, guitarrista de la banda y el personaje más carismático del cuarteto, por lo que estas líneas se suman a la decena de textos necrológicos y pseudoalegóricos vertidos por estos días, en el que también se han colado algunos homenajes, igual de patéticos, al legado de la banda. A pesar de esto, aca va lo nuestro, con lo cual pasamos la página y nos dedicamos a otra cosa.
Para quien
lea esto fuera de Venezuela, resumiremos fugazmente la historia de esta banda,
la cual según la leyenda comienza su andadura en 1983 influenciados por el punk
y el postpunk de la época. SM se diferenció rápidamente de la movida metalera
local, que por esa época vivía su época de esplendor, al incorporar las
influencias que eran posibles para quien para la fecha viajara al exterior y
pudiera ver bandas en vivo y comprar discos. Es decir, antagónicamente de lo
que pasaba en otras ciudades latinoamericanas, como Buenos Aires o Sao Paulo,
el punk en Venezuela germinó desde los jóvenes de clase alta, estrato al que
pertenecían los fundadores de SM. Estos aires permiten que, como otros han
indicado, sea la primera banda que desarrollara en el país lo que en otros
lados era el sustrato de la escena underground, con estética, códigos y
literatura propia, mediante cassettes que circulaban de mano en mano,
graffittis, volantes y franelas. Para 1986 poseían un público fiel que los
seguía, y tiempo después viajan a España a presentarse en una serie de
conciertos organizados por Miguel Ríos. Como es costumbre en Venezuela, al
gozar del reconocimiento en el exterior logran un contrato con un sello
discográfico local, siendo producidos por Fito Páez en su disco debut “El amor
no existe, hay que hacerlo” (1987), por lo menos para mí el mejor de su
carrera. Siguieron otros dos discos: “Sin sombra no hay luz” (1989), producido
por alguien que no sabia nada de rock, como lo es el cantante de telenovelas
Guillermo Carrasco y, por último “Infecto de afecto” (1991). En 4 años la banda
pasó de tener una actitud de provocación creativa a otra mucho más intimista,
en la búsqueda de un sonido que muchos no entendieron de qué iba
–incluyéndome-, pero que ellos llamaban “ritmo rico”. En 1992 anunciaron su
disolución. Posteriormente, Cayayo organiza dos bandas más, Dermis Tatú y Pan,
antes de morir de un paro respiratorio el 17 de noviembre de 1999.
SM es para
Venezuela lo que significó Sumo para Argentina, Los Prisioneros para Chile,
Caifanes para México y Los Estómagos para Uruguay. Su influencia es reconocida
por una constelación de músicos posteriores, incluyendo las bandas punks de los
noventas, aunque nunca lo reconocieran públicamente. Pero, a pesar de los
ejemplos anteriores, quienes se encargaron de disolver la propia identidad y
legado del conjunto fueron, además del público criollo, sus propios músicos. Lo
que más se recuerda y más se extraña era la actitud de sus primeros años, de la
cual “El amor no existe” es su cénit, no lo que hicieron después, a pesar de
que es en este período cuando fueron populares en todo el país. La originalidad
de su propuesta, la traducción del sentir de toda una generación –en letras
como “Educación anterior” o “Miraflores”-, la irreverencia y los conciertos con
decorados y puesta en escena maravillosa corresponden a los años previos a
1987. Después de allí tuvieron que asumir una serie de compromisos, como el
“doblar” en programas sabatinos o cumplir con una cantidad de discos
establecidos por contrato, como el terrible disco compilatorio “Fin del
cuento”, aparecido en 1993. Toda una metáfora de la pérdida de la independencia.
Algunos opinarán que en los dos discos posteriores a “El amor” la banda maduró
musicalmente y desarrollaba un sonido propio, pero yo mismo los retaría a que
cantaran, de memoria, algún tema de “Infecto”. Quizás puedan hacerlo con dos o
tres de “Sin sombra”, pero seguro podrían con todas las de su placa debut. No
se si pesó mucho la partida del baterista Alberto Cabello, autor de muchas de
las líricas de la primera etapa, o la influencia de la
Yoko Ono venezolana Helena Ibarra, pero
esta energía primigenia apenas pudo asomarse en el siguiente proyecto de
Troconis “Dermis Tatú”. El tiro de gracia lo constituyó el intento de carrera
solista de su cantante Pablo Dagnino y cada una de sus apariciones como
monigote en programas de concurso televisivos.
Con todo lo
anterior, los músicos no fueron los únicos responsables del descalabro. Su
propia discográfica patea, sin respeto, el cadáver del grupo. En 1996 un
Alberto Cabello productor compiló en un doble cd los cassettes piratas del
cuarteto, “Aunque usted no lo quiera” para Universal. La edición es pobre en
todos los sentidos, y lo único que podría agradecerse es la limpia digitalización
de aquellos temas. Y, a pesar de que “El amor” es uno de los discos de rock
venezolanos más vendidos en la historia, su edición en Cd es triste y
lastimera, con el logotipo de la multinacional en un lugar destacado en su
portada, lo cual no figuraba en su edición original en acetato y cassette. No
hay que dejar de mencionar a los empresarios locales que han intentado, como
aquel que produjo el tributo que terminó en un disco, hacer algo de dinero con
los despojos. Las propias bandas que aseguran ser deudoras del grupo tampoco lo
han hecho mejor, negándose, por flojera, narcisismo o deseos de fama fácil,
levantar el legado de desparpajo e independencia de su época de oro. Por último
tenemos que ubicar a nuestro público rock, una comunidad de bajísima
autoestima, que con paciencia y testarudez ha construido el no lugar de la
música en nuestros patios. Venezuela debe ser el lugar del continente con menos
espacios para la presentación de grupos, con la menor cifra de disqueras,
propuestas independientes, radios y publicaciones dedicadas al género. Rockeros
impertinentes y ególatras que, con el paso de los años, son cajeros de banco y
policías. A Cayayo lo mataron todos y todas, especialmente, quienes afirman ser
sus herederos.
Si alguno/a
se anima a compartir sus comentarios sobre este texto, el e-mail es
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